Hay silencios solemnes, silencios versátiles, rotundos. Hay silencios polisémicos que despliegan sus ecos cual ramal.

Pueden ser, al mismo tiempo, oración callada guardando luto eterno, resonancia de afectos y recuerdos animando el paso de los deudos, sinuosidad de olas derramando cristales para trocar la bruma de lágrimas en brillo de alegre sol sobre la larga noche, virtuoso canto de esperanza para quienes deben recoger el testigo y ser dignos del legado, estribillo aliterando banderas mientras las manos arrancan el vendaje de los ojos a la diosa justicia para que vea al criminal, goteo incesante taladrando la conciencia en el sueño atormentado del verdugo.

Caricia, consuelo, fe. Grito, consigna, proclama, sentencia.

Si justo es asumir la gesta del 12 de febrero de 1814 –cuando José Félix Ribas y los seminaristas de Caracas derrotaron a Boves en la batalla de La Victoria– como hito histórico para celebrar el Día de Juventud, con él homenajeamos a la pléyade de jóvenes de la Generación del 28, que enfrentó al gomecismo al alto costo de la cárcel, la tortura, el exilio y la muerte.

A los que más tarde desafiaron la dictadura perezjimenista y protagonizaron el 23 de enero del 58.

A los que en la década de los años 60 se inmolaron en pos del ideal de libertad, soberanía e igualdad social.

Al movimiento estudiantil de todas las épocas que ha sabido ser vanguardia de las luchas populares e, incluso, a los jóvenes de nuestras barriadas asesinados por los cuerpos policiales.

También en esta fecha rendimos tributo a los hijos de nuestros pueblos originarios que antes de Ribas resistieron el exterminio y el saqueo del colonialismo.

A los que hoy han ofrendado sus vidas enfrentando a una dictadura que ha sembrado de pobreza y hambre al país y le ha robado el futuro a las nuevas generaciones, cancelando sus posibilidades de progreso y empujándolas fuera de nuestras fronteras.

Es a estos últimos a quienes aludo en estas líneas para amplificar las ondas de silencio que nos traen su mensaje y tocar las puertas de las conciencias dormidas.

Bassil Da Costa, estudiante universitario de 23 años de edad, asesinado el 12 de febrero de 2014, coincidiendo con la conmemoración que ahora recordamos, en el contexto de una manifestación dirigida a la Fiscalía General de la República.

Neomar Lander, bachiller de 17 años de edad, símbolo de la resistencia contra la dictadura, escudo y casco ataviados, mascarilla para burlar los gases lacrimógenos, pecho abierto y vocación de héroe, ocupando la primera línea de combate en las calles de Caracas, donde le arrancaron la vida los esbirros del régimen el 7 de julio de 2017.

Juan Pablo Pernalete, estudiante universitario y deportista consagrado, 21 años de edad, a quien la Guardia Nacional le disparó a quemarropa una bomba lacrimógena que le cegó la vida el 26 de abril de 2017.

Armando Cañizales, violinista de 18 años de edad, integrante del Sistema de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela, muerto por las balas asesinas de los grupos paramilitares que el 3 de mayo de 2017 dispararon a mansalva contra manifestantes desarmados en la avenida Río de Janeiro, en Caracas.

Carlos Moreno, de 17 años, asesinado en San Bernardino el 19 de abril de 2017, por colectivos armados que actúan como fuerza de choque de la dictadura.

Jurubith Rausseo, de 27 años, asesinada en Altamira el 1 de mayo de 2019.

David José Vallenilla, de 22 años, graduado en Enfermería, asesinado por un efectivo militar que le disparó desde la Base Aérea La Carlota, el 22 de junio de 2017.

La lista es larga.

La ley natural de la vida dice que son los hijos quienes deben enterrar a sus padres. No obstante, cuando determinadas circunstancias, como las que vivimos, plantean el riesgo de que a quien pretenden enterrar es a la patria misma, los jóvenes venezolanos, su vanguardia, haciendo honor a la tradición histórica da un paso al frente.

No apuesta a la derrota ni tiene vocación suicida; no desdeña el amor de la familia sino que se inspira en él; no da la espalda al pueblo, acude a su llamado: “Soldados… en esta jornada que va a ser memorable, ni aún podemos optar entre vencer o morir: ¡Necesario es vencer! ¡Viva la República!”, exclamó José Félix Ribas aquel 12 de febrero de 1814.

Sin embargo, algunos mueren y son sus padres quienes deben enterrarlos.

No es un lugar común decir que esta inmolación no ha sido en vano. Aún después de muertos su grito silenciado nos sigue acompañando: en el peregrinar de familiares, amigos y defensores de los derechos humanos procurando justicia aunque tengan que ir hasta la Corte Penal Internacional; en la lucha de los trabajadores por salarios justos, por condiciones de trabajo y vida dignas; en la gesta del pueblo todo por progreso con soberanía y democracia con justicia social.

Hay un silencio que hostiga las murallas del poder, que atormenta el sueño de quienes aniquilan el futuro del país, que increpa a los jóvenes a estar a la altura del sacrificio ofrendado.

ACERCA DEL AUTOR:

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Profesor en la escuela de letras de la Universidad Central de Venezuela
Rafael Venegas

Profesor universitario. Dirigente político. Secretario General de Vanguardia Popular.