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Cuando Obama dio la noticia de que su ejército había liquidado a Osama Bin Laden en Pakistán, un subalterno suyo explicó después que había sido lanzado el cuerpo al mar, porque no iban a permitir que sus seguidores convirtieran el lugar en santuario y a Osama en un santón, en una especie de último profeta escondido que algún día volverá, como es en la tradición chií duodecimana, que no era la de Osama, muy suní él, como la mayoría saudí.

Como se sabe, los musulmanes suníes y chiíes tienen varios santuarios con los supuestos restos de sus califas, de manera que hay que evitar que se les sumen otros.

Cuando murió Chávez, sus fanáticos y los publicistas recomendaron que lo embalsamaran, como Stalin había ordenado hacer con Lenin (dice Isaac Deutscher) y como dejó ordenado que hicieran con él, cuyo cuerpo embalsamado permaneció al lado del de Lenin hasta que fue desalojado de la Plaza Roja en 1961.

La idea era convertir la ideología bolchevique en una religión y a sus dos primeros líderes en “inmortales”. 

Pero cuando Chávez, Nicolás aclaró en cadena que eso no era posible porque había pasado mucho tiempo entre la muerte y la garantía de éxito de la técnica recomendada.

Así que lo que decidieron los publicistas fue el supuesto entierro de sus restos en el Cuartel de la Montaña que muchos dicen que no son tales, pues los verdaderos se los llevó la familia a Sabaneta de Barinas.

Igual el Cuartel se convirtió en lugar de culto al santón, al menos por un tiempo. En este punto hay que recordar que mucho antes, cuando alguien le preguntó a Chávez si él se sentía—siendo un militar “del pueblo”—como el general Perón, él respondió que “más que como Perón él se sentía como Evita, al haberse puesto del lado de los descamisados”. Lo recuerdo bien porque eran tiempo en que yo oía los domingos los Aló Presidente, como tanta gente, pues ahí nos enterábamos de lo que iba a pasar en los días siguientes, incluso cuáles ministros salían y cuántos entraban. Así que la recomendación de embalsamar a Chávez puede haber venido también de un peronista, más bien de un “evista”. O las dos cosas, un bolch/evista, que los hay.

La historia ficcionada de Evita es la que escribió Tomás Eloy Martínez en 1995 (¡cómo perdimos los venezolanos la oportunidad de quedarnos con él cuando estuvo tanto tiempo en Venezuela y hasta dirigió El diario de Caracas!) en su novela Santa Evita, a partir de la cual se hizo la serie de Star (2022, 7 capítulos).

La serie muestra la muerte (en 1952), embalsamamiento y recorrido del cadáver de Evita, desde la central obrera CGT hasta su recuperación en 1971 por Perón, quien vivía exilado en Madrid con su tercera esposa. El cuerpo volvió a Buenos Aires en 1974.

Dirige la serie el hijo de Gabriel García Márquez (y de éste parece la increíble historia real de Eva),  Rodrigo García, y Alejandro Maci; el guión es de dos mujeres: Marcela Guerty y Pamela Rementería; la producción general fue de Salma Hayek (la directora y actriz principal de Frida) y entre los varios productores ejecutivos veo en los créditos al venezolano Leonardo Aranguibel (que se hizo desde jovencísimo en RCTV). Evita es Natalia Oreiro, Perón es Darío Grandinetti y el periodista que descubre la trama completa a riesgo de su vida es Diego Velásquez. Todos los actores que interpretan a los milicos mayores están magníficos, especialmente Diego Cremonesi, como “el loco” Arancibia y Ernesto Alterio, un ex guardaespaldas resentido pero enamorado de Eva Duarte, Moori Koenig, el coronel golpista encargado por Aramburu de enterrar el cadáver embalsamado después de tres años de fallecida la “señora”, la “poupette” según la niña de 7 hija del proyeccionista del cine, la “yegua” indomable para los milicos.

“¡Que no se nos convierta en una Santa!”, ordenó en 1955 la cúpula del ejército argentino. Fue en balde. Hasta hoy lo es para mucha gente, aunque para muchos otros esto sea incomprensible. No para las mujeres argentinas, que lograron el voto en 1947 (el mismo año que lo ejercimos por primera vez en Venezuela, una vez aprobado por la ANC), gracias a una mayoría peronista en el parlamento estimulada por Evita en la radio, la prensa escrita y los piquetes de mujeres en el Congreso.

Creo que otro de los aciertos de la serie es esa combinación de ficción con la prensa argentina de los años 50 y la dirección de fotografía del “Chango” Monti.

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Gioconda Espina