ACERCA DEL AUTOR:

Sociólogo y editor independiente. Actualmente es Coordinador General de Provea.

Rafael Uzcátegui | A partir de enero de 2019, cuando la crisis institucional alcanzó su cénit, amplios sectores de la población apoyaron la estrategia de 3 pasos, promovida por la directiva de la Asamblea Nacional, para la resolución del conflicto. No obstante, aquella importante sinergia reforzó una curiosa idea sobre lo que significaba la “unidad”, en la que todas las personas debían pensar y actuar de la misma manera. Tras haberse confirmado la ineficacia de este camino, y haberse fragmentado el terreno opositor, el esfuerzo de recuperación de la democracia necesita de otra estrategia. Una posible puede ser la dispersión estratégica, donde se asuman varios roles para presionar y debilitar al autoritarismo desde diferentes sitios, y generar de nuevo la masa crítica necesaria para retomar las expectativas sobre el cambio político en el país.

Es una realidad que el liderazgo democrático, a corto plazo, no podrá mostrar la sintonía de actuación que durante varios meses le permitió enfrentar al autoritarismo como una amenaza creíble, sumando amplio respaldo de la comunidad internacional. Sobre ellos la estrategia de desgaste y separación ha sido, por ahora, exitosa. Sin embargo, esto no significa que el impulso por que Venezuela regrese a la democracia, la inclusión y los derechos humanos, se haya detenido. El resto de los gremios y organizaciones del país seguimos trabajando en ello. Para mantener estas iniciativas, entre otras cosas, debemos aprender las duras lecciones de la estrategia oficial contra los partidos, para que cuando sean aplicadas sobre el resto de la sociedad, estemos en la capacidad de responder de otra manera.

Lo que se denomina sociedad civil, que incluye entre otros a medios de comunicación y empresarios, es estructuralmente heterogénea. Y si esta diversidad es innegable, un principio de cualquier sociedad democrática, debemos aprender a lidiar con la alteridad, con aquellos que por ser otros no son iguales a mí, ni tienen mis mismos intereses y afinidades. La frustración por la profundización de la crisis parece habernos hecho olvidar lo evidente.

Entonces, lo primero que hay que cuidar, preservar y cultivar, en medios de lloviznas y tempestades, es la idea que todos los que nos enfrentamos a la dictadura, a pesar de las naturales diferencias, somos parte de una comunidad democrática. Esta noción es la que se intentará destruir y dividir en tantos espacios como sea posible. Lo segundo es que esta comunidad tiene tantos roles como los sectores que la integran. Habrá que decirlo mil veces: Papeles diferenciados unidos por la misma aspiración: Construir una Venezuela donde quepan todas las Venezuelas posibles.

El rol de cada sector, y sus objetivos inherentes, ha sido definido por cada quien. Si esas metas no se cumplen, ni se realizan las actividades que aspiran alcanzarlas, el rol desaparece. Un empresario que no genera riqueza, por ejemplificar con un caso discutido en las semanas recientes, deja de ser lo que es: un empresario. Si su objetivo es aumentar sus niveles de producción cualquier gestión para ello, que no sea un delito, es legítima en si misma. En la medida en que sea un empresario con músculo financiero y capacidad gerencial será más útil para la reconstrucción democrática del país, no al revés.

Una segunda dimensión de los roles, además de los objetivos que se ha planteado para su acción, es la cultura o tono institucional usado para alcanzarlos. En el contexto venezolano esto puede ir de un abanico que abarca desde la mínima a la máxima confrontación con las autoridades, a la actuación desde los márgenes o a partir de las grietas abiertas por el apetito totalitario. La única deslegitimación posible es si la actuación concreta no está alcanzando los objetivos planteados, y a pesar de ello se insiste en ratificarla.

Para finalizar un comentario sobre los juicios morales, frecuentes en la estridencia de las redes sociales. La “pureza” absoluta en nuestro país no existe. Repetir que tal o cual estrategia, por si misma, “legitima” al gobierno de facto no sólo es una discusión estéril, sino que nos conduce al inmovilismo. La única pureza absoluta posible es la de la secta, que evita la acción política -que siempre será actuar con otros diferentes a ti- para no contaminarse. ¿A quién favorece la purga de la -falsa- cruzada moral? Precisamente a la separación y el desgaste, las dos vías principales del autoritarismo para mantenerse infinitamente en el poder. Y esto lo escribe una persona que nunca votó por el chavismo y que desde un temprano 1998 fue uno de sus abiertos críticos. Pero estas credenciales sólo sirven para el onanismo intelectual, no para aumentar la eficacia en la urgente y necesaria recuperación del país.

¿”Legitiman” los presos de una cárcel al establecer mecanismos de comunicación con sus carceleros? Lo hacen basados en una situación fáctica: Quien tiene control sobre el territorio que ocupan y sobre sus propios cuerpos. ¿Dejarán de llamarlos carceleros? Será una decisión que tomen en base a lo que esperan lograr con cada esfuerzo concreto. ¿Qué hay riesgos en la dispersión estratégica? Sí, todos. La única garantía es que al actuar de manera diferente no obtendremos los mismos resultados logrados hasta ahora. Para mantener la “pureza” sólo es necesario no hacer nada. El drama de Venezuela es tan profundo que nos exige la generosidad para desear, honestamente, que alguna de las estrategias posibles, especialmente alguna con las que uno está en desacuerdo, pueda permitir que nuestros migrantes tengas las condiciones democráticas y económicas para volver a su país.   

Luego que la mayoría de la población se alineó tras el llamado “mantra” de los tres pasos, hoy puede que tenga mayor sentido la dispersión estratégica: De manera coordinada presionar a la ignominia desde diferentes puntos y a partir de diferentes roles, identificando oportunidades en que ofensivas comunes puedan aumentar el debilitamiento del autoritarismo. No es el camino rápido, pero si el que nos permite sobrevivir como comunidad política, en sentido amplio, en la recuperación de las capacidades para volver a ser una amenaza creíble para el lado oscuro.