Rafael Venegas La Universidad Central de Venezuela ha sido mancillada, una vez más, por la bota militar. Ha sido allanada e intervenida de nuevo por el poder que encarna la sombra contra la atalaya de luz que ella simboliza. Esta vez, sin embargo, no hubo un despliegue de fuerzas policiales y militares, no se emplearon tanques de guerra, no se movilizaron tropas ni parafernalia antimotines, no se emplazaron columnas de soldados para cercar sus instalaciones mientras las fuerzas de asalto invadían sus espacios interiores y el jefe de la expedición clavaba su jirón filibustero en el suelo autonómico, creyendo haber coronado su plan de ocupación.

Esta vez el ultraje pretende ser la coronación de un largo proceso de intervención y quebrantamiento de su autonomía y esencia como recinto de la cultura y la ciencia al servicio de la soberanía e independencia de la nación, de la libertad como valor supremo de la existencia humana, del progreso del país y su gente y de la democracia entendida como el libre fluir de la ideas en debate constante en pos de la verdad y el saber. A cambio de esto, se intenta imponer un patrón educativo orientado al adoctrinamiento y la sujeción, a la castración de sus facultades espirituales y humanísticas, de signo tecnocrático, alienante y empobrecedor, cuyo objetivo es la dominación y la reproducción de un modelo societario de carácter dictatorial y totalitario.

Dicho proceso comenzó hace más de veinte años, cuando intentaron tomar por asalto el rectorado de nuestra Alma Mater para imponer a sus comisarios políticos, en correspondencia con una estrategia dirigida a copar todos los espacios de la sociedad para corporativizarla y sojuzgarla. Entonces fracasaron en su intento pero dejaron clavaba una cuña para socavarla desde adentro, mientras el poder del Estado iniciaba su plan de asediarla por todos los flancos hasta verla rendida o asfixiada. Como todas las universidades autónomas y experimentales del país, la UCV ha sido objeto de un plan sistemático y sostenido de cerco “legal”, institucional, político, presupuestario y financiero que le ha mutilado sus competencias, maniatándola para el cabal cumplimiento de su misión.

Se le impide la renovación y alternabilidad democrática de sus autoridades, la definición de su política de ingreso estudiantil, la administración de su presupuesto y nómina, el convenimiento de los términos de sus relaciones laborales con los gremios y sindicatos que agrupan a profesores, empleados y obreros, entre muchas otras cosas. De sus funciones esenciales de docencia, investigación y extensión a duras penas sobrevive la primera. Llevarla al empobrecimiento y el deterioro que hoy vive, aunque se la maquille, ha sido un propósito deliberado, fruto del ensañamiento más miserable.

El daño mayor, sin embargo, se dirige contra su comunidad de miembros: estudiantes sin comedor, sin sistema de transporte, sin becas, sin servicio medico-asistencial, sin bibliotecas actualizadas y dotadas de los servicios mínimos para cumplir su labor. Trabajadores, empleados y profesores con salarios de hambre, sin prestaciones sociales, con sus conquistas sociales, académicas y gremiales arrebatadas por un régimen que desconoce a sus autoridades y a las organizaciones gremiales y sindicales que legítimamente la representan.

Todo este plan se ha orientado a minar la resistencia de la universidad venezolana, a sembrar la impotencia y promover la deserción masiva preparando el momento del asalto final. Agravada la situación por las medidas forzadas por la irrupción de la pandemia del Covid-19, en cuyo contexto nos aproximamos a cumplir dos años sin clases presenciales, una parte importante de sus estudiantes, profesores y trabajadores han orientado sus esfuerzos hacia otros ámbitos en tenaz lucha por la supervivencia y en busca de alternativas de realización de las expectativas académicas y profesionales que la universidad ya no les brinda. Así, nuestra Ciudad Universitaria es hoy un campo desolado sobre el cual sus verdugos montan una farsa aparatosa para representarse como sus salvadores.

Para celebrar su victoria pírrica, el dictador no tuvo mejor idea que organizar una incursión nocturna en el recinto universitario. Este acto simbólico, expresión clara de la prepotencia con la que actúa el poder, de la arrogancia y arbitrariedad que caracteriza el ejercicio de un poder usurpado, tuvo el propósito expreso de humillar a nuestra comunidad toda y, más allá, a la conciencia democrática venezolana que se resiste a sus designios. Pero al hacerlo, agazapado en la sombra y al amparo de su séquito, al dictador lo traicionó el inconsciente. Dicen los entendidos en asuntos del psicoanálisis que el inconsciente se gobierna solo y hay miedos atávicos que se manifiestan espontáneos en ciertas circunstancias y este es el caso.

En efecto, hay enemigos aparentemente vencidos cuya estatura moral y política hace temblar de miedo a quien cree haberlo doblegado. Hay prisioneros cuya solidez de convicciones y cuya confianza en la rueda progresista de la historia asusta a sus carceleros. Quizás por eso eligieron horadar su campus en la hora de la mayor desolación y oscuridad. Pero por más que se empeñen el dictador y la dictadura no pueden entrar en el recinto universitario. Su estrambótico y sobredimensionado cuerpo no cabe en el pupitre destinado a la juventud estudiosa y emprendedora.

No encaja en el aula donde reverbera la libertad de cátedra, la indagación socrática y el libre pensamiento. No se ajusta a las fronteras abiertas diseñadas por Carlos Raúl Villanueva para simbolizar la universitas, el triunfo de la luz sobre la sombra, de la libertad sobre cualquier pretensión de servidumbre o esclavización.

Dijo don Mariano Picón Salas que Mérida es una universidad con una ciudad por dentro. La tricentenaria Universidad Central de Venezuela, por haber nacido antes que la República, en muy buena medida la engendró y modeló en su vientre. Y si hoy es una suerte de gigante inerme, la ofensa infligida y la provocación en curso podrían desatar sus fuerzas actualmente diezmadas y aletargadas, aunque quienes formamos parte de la UCV, y de la universidad venezolana toda, no hayamos tomado conciencia del enorme poder moral y político que ella encierra, de la forma cómo está sembrada en el sentir de nuestro pueblo, del referente extraordinario y singular que constituye.

A ese legado apelamos para convocar a sus hijos a defenderla, en correspondencia con su larga tradición histórica, académica, cultural y política. Porque cuando se es ucevista auténtico, sin vender su dignidad por un plato de lentejas o una cuota de poder efímero, se es ucevista para siempre.

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Profesor en la escuela de letras de la Universidad Central de Venezuela
Rafael Venegas

Profesor universitario. Dirigente político. Secretario General de Vanguardia Popular.