Un clamor popular demanda con urgencia un cambio en la conducción y orientación del rumbo de la Nación. Para ello es imprescindible otra política, otro discurso y otra conducta en la práctica política cotidiana, en la forma de relacionarnos con la ciudadanía y de abordar el tratamiento de los problemas que le agobian. Descartada, como está, la posibilidad de una rectificación por parte de la claque cívico-miliar que gobierna al margen de la Constitución y contra la voluntad expresa de la inmensa mayoría nacional, el País exige una rectificación a fondo por parte de quienes han tenido hasta hoy la responsabilidad de conducir al movimiento opositor venezolano.

Venezuela está cargada de incertidumbre y paradojas. Dos crisis, componentes ambas de lo que podríamos calificar como una macro-crisis, discurren por caminos paralelos. De un lado, la catástrofe económico-social que destruye el aparato productivo y la infraestructura de servicios, empobrece a la mayoría nacional y siembra el hambre por todos los rincones de la Patria. Del otro, el caos político, signado por la ilegalidad e ilegitimidad de todos los Poderes Públicos, un abrumador descontento social asociado a un clamor de cambio y una ausencia de alternativas frente al poder de facto de la dictadura, como consecuencia del fracaso de la oposición democrática en su misión de brindarle cauce efectivo a esta demanda.

En estas condiciones, el régimen avanza en el proceso de configuración de su Estado hegemónico de vocación totalitaria, la oposición naufraga en la dispersión, la indefinición de rumbo y su desconexión con la gente y los sectores populares, huérfanos de conducción política, libran todos los días su lucha por la supervivencia con escasos resultados reivindicativos y políticos. No obstante, cambiar esta suerte es posible pero ello exige construir un vértice en el cual la crisis de los de abajo –que los condena a la pobreza o a la emigración– se encuentre con la crisis “de arriba” –la que se expresa en la esfera política–, en procura de una solución de raíz al drama que sufre la sociedad venezolana toda.

Un nuevo movimiento opositor, de genuino y consecuente contenido nacional, popular y democrático debe emerger, vigoroso y esperanzador, sobre las ruinas que va dejando la colosal calamidad que nos abate. Un movimiento que interprete cabalmente las angustias y reclamos de nuestra gente; que reconozca en el pueblo al verdadero protagonista de los cambios –más allá del rol de los líderes y de la vanguardia–, sin cuyo concurso estos no serán posibles, y que confíe plenamente en su capacidad transformadora y la potencie: que sea UNO con el pueblo en sus protestas cotidianas y construya un gran cauce sobre el cual confluyan los reclamos y demandas de todos los sectores cuyos derechos y garantías han sido menoscabados o conculcados.

Un movimiento que encare la lucha en todos los terrenos en que esta se plantee (en lo electoral, en la mesa de negociaciones y en la calle) como un solo proceso de articulación y acumulación de fuerzas, con una sola política, un discurso de hondo contenido social y un gran objetivo a alcanzar: Sustituir a los responsables del desastre nacional, conducir una transición que atienda las urgencias de la Crisis Humanitaria Compleja y siente las bases para la realización de unas elecciones presidenciales y parlamentaria libres, justas y verificables, como manifestación prístina de la soberanía popular y como punto de partida para el restablecimiento de la vigencia de la Constitución y el imperio de los derechos humanos.

Se equivocan quienes piensan que estas metas son imposibles de alcanzar, al menos en el corto plazo, haciendo recaer en la ciudadanía el peso de sus propias responsabilidades. Nuestro pueblo, que en más de un 85% manifiesta su descontento y su aspiración de cambio, de acuerdo con todas las encuestas, ha dado reiteradas y extraordinarias demostraciones de fuerza, voluntad y determinación de lucha –sin precedentes en nuestra historia republicana– a lo largo de más de 20 años de resistencia a la deriva dictatorial y totalitaria del régimen. En el año 2020, en medio de las restricciones impuestas por el confinamiento y la cuarentena asociados a la pandemia del COVID-19, se produjeron más de 1.350 conflictos por demandas salariales, además de las incuantificables protestas populares por servicios públicos, contra la represión, los abusos policiales o la escasez de gasolina.

Los datos anteriores superan con creces los registrados en 2019, confirmando la existencia de un clima de malestar social y una determinación de lucha que a ratos amenaza con desbordarse, en ausencia de instancias de articulación de las protestas y de una conducción política asertiva. No es, entonces, la falacia de un pueblo supuestamente rendido, resignado y dispuesto a adaptarse a este caos la causa de la incertidumbre, la desesperanza y la ausencia de perspectivas reinantes. Es la falta de un dirección política en condiciones de aglutinar el descontento y de señalar un rumbo cierto a la demanda de cambio.

No podemos esperar más de quienes han engendrado esta crisis. Tampoco tendríamos por qué esperar que la dirección opositora escuche el clamor popular y se disponga a la rectificación. Debemos avanzar desde ya en la construcción de este camino con aquellos dispuestos a transitarlo juntos, sin abandonar los espacios unitarios y sin desmedro de los esfuerzos por su recomposición y relanzamiento.

ACERCA DEL AUTOR:

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Profesor en la escuela de letras de la Universidad Central de Venezuela
Rafael Venegas

Profesor universitario. Dirigente político. Secretario General de Vanguardia Popular.