Rafael Venegas. Bien sabías que tú eras una partícula más en ese universo avasallante. Estabas persuadido. Estabas consciente de que eras al menos una millonésima parte de un mundo voraginoso y caótico a pesar del intento de preservación de los rituales, de la prédica repetida hasta el cansancio, del esfuerzo inútil por conservar la compostura y rescatar la buena tradición inaugurada por allá, por los primeros años de la década de los ochenta del siglo pasado. A pesar de la nostalgia. Pero te era imposible imaginarlo en cifras, conocer tu número, ubicar tu lugar en el conjunto infinito de los elementos estoicos.

Antes de haberlo escuchado tenías la sospecha de que debía ser así. Más que una sospecha era una intuición, una cierta percepción para la cual no se requiere facultades especiales, ningún sexto sentido, ninguna formación en ciencias estadísticas. Solo se necesita vivir todos los días recorriendo sus venas ensanchadas, auscultando sus poros de concreto, escuchando sus palpitaciones laberínticas de locomotoras averiadas, padeciendo el deterioro de las estaciones, los andenes saturados de sudores e impotencia, las escaleras mecánicas transmutadas en chatarra inservible condenando al sufrimiento a los abuelos, a las embarazadas, a los enfermos, a los discapacitados. Soportando prolongadas esperas, exasperantes pausas a mitad de los túneles y el oxigeno insumido por la superabundancia de pasajeros equivalente a cementerio de vagones arrumados en los patios de trenes, desagregando en unidades el amasijo de paciencias sumergidas en el socavón de hostilidades.

Trenes devenidos ranchos ambulantes derramando chorros de agua de un sistema de aire acondicionado descompuesto que baña de la cabeza a los pies a humildes usuarios, ausencia de luz y exceso de calor, escasez de limpieza y abundancia de suciedad y basura. Promiscuidad de olores, humores y exhalaciones corporales, en medio de los cuales alguien desliza una mano para abrir una cartera y robar un celular, mientras otra mano busca el roce de una nalga y otro cuerpo recuesta su lascivia sobre la humanidad de una muchacha. Y un desfile interminable de mendigos exhibiendo sus pústulas sangrantes, sus llagas fétidas abrazándole las piernas, un drenaje adherido al abdomen recién operado, una mujer famélica con un niño desnutrido en sus brazos, un informe médico o un récipe –real o falsificado– que certifica que estoy loco, tengo sida, soy un enfermo crónico, tengo hambre crónica, quién puede colaborar conmigo, con mi niño que está enfermo o no ha comido, dame dinero, comida, agua, deme cualquier cosa pero dame. Y otro desfile de vendedores nómadas abriéndose paso entre el abigarramiento a punta de pregón y de empujones, saluda a Caracas bella, a una Venezuela educada que me dé los buenos días, las buenas tardes, las buenas noches, la metrobodega trae para hoy las chupetas, los chocolates, los caramelos de menta refrescantes, los protectores de pantalla para teléfonos inteligentes, las moñeras para amarrarle el cabello a las niñas colegialas, el yesquero y las velas para esperar el próximo apagón y si no me apuras mucho, si lo conversamos bien entre susurros, también te puedo conseguir una pistola, un pucho de marimba, un gramo de polvo blanco o una “piedra”.

No, no era asunto de intuición ni sospecha infundada. Era una turbadora certeza experimentada todos los días como parte de la masa informe, en cifras disueltas en mixtura de sudores, vapores y alientos encontrados; en fárrago de premuras, angustias y resignaciones agotadas. Pasa que tú no puedes traducir matemáticamente este correcorre de las horas pico que son todas las horas del día del desbordado sistema subterráneo, este acecho tempranero agolpándose frente de las puertas de estaciones y trenes, como zancudos alrededor de un pozo (otros menos decentes dirían como moscas alrededor de la mierda), como zamuros en torno a la carroña, como cochinos embistiendo a la ya pronunciada y maloliente. Pero decirlo de ese modo es ofensivo e injusto, es doblemente injusto porque se trata de muchedumbre laboriosa, silenciosa, transmutando su rabia frente a tanto deterioro y tanta humillación, ejercitando su capacidad de desdoblarse para administrar racionalmente sus ganas de estallar.

No merece esta gente, no merecemos, el estrés de la espera indefinida ni las horas robadas al trabajo, los estudios, el descanso y la familia. Ni el status de sardina en lata al que se encuentra relegada, ni la condición de productos en serie que se empacan y despachan en un vaivén irregular, entrando a la procesadora de maltratos por una ranura del sistema y saliendo expulsada por otra como bagazo de la caña que deja su sustancia en el trapiche. En fin, no merece nuestra gente este irrespeto que agrede la dignidad humana y violenta los más elementales derechos de la ciudadanía, esta afrenta recibida desde que el día amanece –y amanece para el subterráneo a las 5:30.a.m.– y hasta que cierra su rutina a las once de la noche.

La dinámica de flujo y reflujo te daba las dimensiones del drama. Sabías que era un estado febril evidenciado en la multiplicación de los glóbulos blancos, una sobresaturación intoxicando el cuerpo, una acumulación de grasas distribuidas por todos los ramales produciendo obstrucción de coronarias, incubando infartos, colapsando a cada rato porque el colapso es ya su estado permanente. Sabías que eras una partícula despersonalizada, desindividualizada, disuelta en una compactadora de carnes, huesos, nervios y humores corporales; una pequeña gota de agua vertida sobre un río desbordado de fuerzas inerciales, sobre un deslave en catacumba absorbiéndote por una boca de dragón y excretándote por algún orificio intestinal.

¡Somos más que un Metro! Todos los días te ofrecemos la oportunidad de llegar más cómodo, más rápido y seguro a tu oficina o lugar de trabajo, a tu centro de estudios o a esa cita importante. Tú eres parte de los más de 2.000.000 de pasajeros que diariamente utilizan nuestros servicios… Y ya no pudiste seguir escuchando la voz inflexionada y monocorde de anunciante de aeropuerto, vomitada por el sonido interno sobre tus oídos saturados de dígitos, de cinismo, de desafío a tu paciencia que elije acariciar el polvoriento metal del tren que abordas o abandonas, antes que caerle a patadas o explotar en gritos liberadores de tu ira contenida. 11.500 accidentes de diferentes tipos y magnitudes durante el primer semestre del presente año, equivalente a un aproximado de 63 accidentes por día –incluidos trenes averiados en medio de los túneles, recurrentes fallas del sistema eléctrico que alimenta el servicio de transporte subterráneo y descarrilamientos producidos por el deterioro de las vías–, son otra manifestación en cifras de la decadencia de un sistema de transporte que interpela a los ineptos y corruptos que gobiernan y que alguna vez fue motivo de orgullo caraqueño para Venezuela toda y más allá.

ACERCA DEL AUTOR:

Profesor universitario. Dirigente político. Secretario General de Vanguardia Popular.