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El covid-19 y la emergencia sanitaria han generado alteraciones en todos los órdenes. Los más reseñados y estudiados sin duda, son los aspectos de salud física y las consecuencias económicas. Sin embargo, hay una dimensión que forma parte de la salud física: la salud mental o salud psicológica que ha sido menos atendida o dejada de lado simplemente. Los efectos psicológicos de la pandemia son tan amplios e intensos que algunos gobiernos han comenzado a preocuparse por las alteraciones observadas en la población.

Cuando pensamos en aspectos psicológicos, los asociamos con trastornos como la esquizofrenia, depresión, bipolaridad y locura. Nadie quiere ser asociado a la locura y tal vez por eso, todavía se evita hablar de esos “problemas”, síntomas o malestares que puede generar una enfermedad mental. Por supuesto, que existen y quienes la padecen en tiempos de pandemia están en una situación más vulnerable y mayor debilidad que antes. Sin recursos, medicinas, políticas públicas conocidas, ni lugares a donde acudir.

450 millones de personas sufren de trastornos mentales o de conductas, cerca de un millón se suicidan al año, una de cada cuatro familias tiene un miembro afectado por algún trastorno y otro de los miembros es generalmente el cuidador, terminando afectado también en estos procesos, porque vivir con una personas con depresión, con alzheimer o ansiedad no es fácil. Es un problema muy común todavía oculto, estigmatizado y con una carga en términos de discapacidad y costos para las personas, sus familias, empresas y en general para la sociedad. Por ejemplo, se estima que la depresión en México cuesta aproximadamente 14 billones de dólares por año debido al  ausentismo y las horas perdidas dentro del trabajo.

Pero hay otra dimensión de la Salud mental, en la cual haré énfasis aquí, referida a la vida cotidiana, a trastornos “menores” y observados en más del 50% de la población: cambios en el estado de ánimo, sufrimiento psicológico, predominio de emociones negativas,  estrés, altos niveles de ansiedad, alteraciones del sueño y la alimentación, a la que se suma no tener opciones de atención inmediata.

En nuestro país conocemos la labor y apoyo que está ofreciendo el gremio de la psicología a través de asociaciones como la Federación de psicólogos de Venezuela, Psicólogos sin fronteras o el grupo social Cesap, quienes ofrecen consultas online y una línea telefónica de ayuda que funciona viernes, sábado y domingo (0212-4163116 / 0212-4163118).

Por su parte, la sociedad venezolana de psiquiatría también está ofreciendo apoyo psicológico a través de mensajes de textos o por la plataforma Whatsapp en el número de teléfono 04265196618. La atención es diaria y se presta en un horario comprendido entre 9am y 6pm.   Esto lo anunciaron al inicio de la pandemia a través de su cuenta Twitter.

Otras iniciativas más locales salen de las escuelas de psicología del país o de índole individual de profesionales del área de la salud, quienes intentan difundir información, generar materiales descargables y sensibilizar a la población general, incluyendo entes de gobierno nacional o regionales sobre la importancia del tema.

¿Qué nos está sucediendo psicológicamente en pandemia?

El estudio de los aspectos psicológicos de las pandemias indica afectaciones en tres categorías: población general, grupos vulnerables e infectados (y sus familias). Tres psicologías diferentes. Cada uno amerita atención e indicaciones particulares.

Ahora bien, después de meses encerrados o haber cambiado abruptamente nuestras rutinas familias, sociales y laborales y en general de vida, todos estamos afectados. Aún aquellas personas que han logrado ver el lado positivo y pueden estar trabajando desde sus hogares, han visto reducida su movilidad y disminuida la exposición a estímulos sensoriales naturales y saludables como tomar sol, caminar y socializar, y ya se están registrando afectaciones físicas generadas también por el encierro.

Sensación de rareza y miedo al salir a la calle y estar en espacios con muchas personas, miedo a la noche o la aparición de episodios leves de depresión, pensamientos irracionales invasivos, falta de autocontrol y autorregulación, y en especial cambios en el estado de ánimo están llevando a definir nuevos trastornos como  el síndrome de la cabaña o el de la soledad inquieta, e incluso nuevas fobias como el coronafobia, miedo irracional a ser contagiado de coronavirus.

La otra gran pandemia es la ansiedad, pero también la presencia de miedos, preocupación excesiva, alteraciones del sueño son muy frecuentes en la población general. La lista es larga: irritabilidad, cambios en el estado de ánimo (días de tranquilidad y al día siguiente desanimo total, imposibilidad de salir de la cama), miedo al dormir, pensamientos recurrentes negativos vinculados a las nuevas fobias (demofobia, hipocondria, tanatofobia, rupofobia), sensación de contagio al regresar a la casa, síntomas psicosomáticos como quebranto, tos, dolor de garganta, picazón en los ojos, sentirse en peligro inminente, tensión, agitación, aumento del ritmo cardiaco, dificultad para respirar, entre muchas otras; además de las tensiones y los roces naturales que está generando la convivencia familiar prolongada.

Si perdió su trabajo o ha visto disminuido sus ingresos, si ya padecía de alguna alteración psicológica o una enfermedad física, o si está en un grupo vulnerable como adultos mayores,  o ha perdido familiares o amigos por covid-19, la sintomatología anterior es más intensa y aparecen los ataques de pánico y hasta la muerte autoinfligida.

Al principio de la pandemia hicimos énfasis en cuidar a los adultos mayores por ser el grupo más vulnerable, pero a esta altura niños, adolescentes, adultos y en especial las mujeres, están afectados emocionalmente. Pero también pensemos en el personal sanitario trabajando en condiciones de precariedad absoluta, las personas en las zonas rurales del país, los privados de libertad, los inmigrantes venezolanos en otras latitudes o parados en las fronteras queriendo regresar, y otros grupos que ya protestaban por su derecho a la vida y a la salud como maestros y profesores de todos los niveles, enfermos en hospitales, bomberos, policías, funcionarios públicos. ¿Cómo está su salud mental?

La salud mental es más que la ausencia de trastornos y síntomas. La Organización Mundial de la Salud (OMS) la define como un estado completo de bienestar físico, mental y social. El concepto hace referencia a bienestar subjetivo, competencias, reconocimiento de habilidades para realizarse intelectual y emocionalmente. Pero piense en la salud mental como un estado de tranquilidad y respóndase lo siguiente: ¿Cómo se siente Ud.: está tranquilo o tranquila? ¿Duerme de manera profunda? ¿Se despierta sereno, con energía y buena disposición para enfrentar los días? ¿Puede controlar sus pensamientos y no permite que las preocupaciones invadan su día y lo (o la) atormenten? Si su respuesta es si: Ud. goza de buena salud mental, si respondió no a alguna de ellas: Ud. ha perdido salud mental, ha perdido tranquilidad.

En Venezuela además hemos naturalizado el dolor emocional y el sufrimiento social. Es tan común sentarnos a conversar de nuestras limitaciones para vivir, enumerar los síntomas del malestar sin darnos cuentas que en conjunto forman un síndrome como padecer de ansiedad o alteraciones de sueño o la alimentación, porque hemos desvinculado la salud psicológica de la salud física a la que le damos prioridad. Sin embargo, esta activación fisiológica intensa y desagradable de la cual nos quejamos o el sufrimiento psicológico crónico resquebrajan la salud física, porque el dolor emocional activa las mismas áreas cerebrales que involucran el dolor físico. Por eso, los trastornos de salud mental aumentan el riesgo de otras enfermedades y contribuyen a lesiones no intencionales e intencionales

 ¿Que se están haciendo en otras partes del mundo en relación a la Salud mental en pandemia?

La OMS presenta con regularidad el Atlas de Salud Mental, una publicación donde se presentan las políticas públicas sobre el tema en sus países miembros, en relación a cuatro ejes. 1. Liderazgo y gobernanza en materia de salud mental (políticas y legislaciones nacionales específicas para atajar el tema); 2. Proporcionar en el ámbito comunitario servicios de asistencia social y de salud mental completos; 3. Aplicar estrategias de promoción y prevención en materia de salud mental y 4. Reforzar los sistemas de información, los datos científicos y las investigaciones sobre salud mental. Sin embargo, la versión más reciente data del año 2019 y hoy el mundo es otro. Sin embargo, este año han presentado información actualizada, en especial sugerencias de cómo atender la salud mental en estos momentos de pandemia.

En relación a los Derechos Humanos, ya informaban que menos de la mitad de los 139 países miembros que han creado planes y políticas de salud mental los han ajustado a las convenciones de derechos humanos existentes, que en más de ochenta países no existe (o no funciona) una autoridad dedicada o un cuerpo independiente para evaluar el cumplimiento de la legislación en materia de salud mental con los derechos humanos internacionales, el 70% de los países que reportan recursos (humanos o financieros) para la salud mental son de ingresos altos contra un 21% de los países de ingreso bajo, entre otras informaciones relevantes.

En relación a niveles de gastos públicos, casi todos los países, sean de ingresos altos, medios o bajos, destinan muy poco a la atención preventiva y comunitaria de la salud mental, sino a los hospitales psiquiátricos; siendo lo primero determinante para el abordaje de la salud mental.

La mediana del gasto en los servicios de salud mental está a nivel mundial en 2,8% del gasto total destinado a la salud. Los países de ingresos bajos gastan alrededor de 0,5% de su presupuesto de salud en los servicios de salud mental, y los países de ingresos altos, 5,1%. En la Región de las Américas, el gasto oscila entre el 0,2% en Bolivia y el 8,6% reportado en Suriname. Todos estos datos están tomados de la página https://www.paho.org/es/temas/salud-mental

El gobierno británico resalta como los pioneros y más responsables en la atención de la salud mental en el mundo. Mientras que en la región de las Américas, Chile lanzó oficialmente en junio un programa para fortalecer en los sectores públicos y privados, tratamientos de salud mental.

En nuestro país, estamos bastante lejos de eso. Necesitamos atender a nuestra población, en todos los niveles y con todas las alteraciones presentes en la sociedad. En pandemia debe ser una prioridad la atención de la salud mental. Es necesario una combinación de programas de tratamiento y prevención para evitar sufrimiento social, discapacidad e incluso muertes prematuras y trabajar para reducir el estigma que gira alrededor de la enfermedad mental.

Todo está por hacer…

(*) Yorelis Acosta

Es psicóloga clínica y social del Centro de Estudios del Desarrollo de la Universidad Central de Venezuela.

Artículo especial para Provea.