El estancamiento político está exacerbando los ya graves problemas socioeconómicos de Venezuela. A seis meses del comienzo de una campaña liderada por una oposición renovada y apoyada por numerosos gobiernos extranjeros para derrocar al presidente Nicolás Maduro, desencadenar una transición política y celebrar nuevas elecciones presidenciales, ninguna de las partes puede atribuirse una victoria. El gobierno sigue afianzado en el poder, aunque falto de recursos y con escaso apoyo popular. Los repetidos esfuerzos de la oposición para distanciar a las fuerzas armadas del gobierno y provocar divisiones en el régimen chavista (así llamado en honor a su fundador, el fallecido presidente Hugo Chávez) hasta ahora han fracasado, en especial el fallido levantamiento del 30 de abril. En este sombrío horizonte, el creciente consenso internacional sobre la necesidad de una solución negociada y el comienzo de las negociaciones mediadas por Noruega son dos bienvenidos rayos de luz.

En cierto sentido, ambas partes sienten que el tiempo juega su favor. El gobierno cree que gana cada día que se aferra al poder; asume que a medida que pase el tiempo la oposición, notoriamente dividida, se fracturará, su relativa impotencia se hará más evidente, y los venezolanos la culparán cada vez más por las dificultades económicas experimentadas a raíz de las sanciones promovidas por Juan Guaidó. Igualmente, a ojos de la oposición, a medida que las sanciones se hagan sentir más duramente y la economía se desmorone aún más, ciertos elementos del régimen, despojados de recursos e internacionalmente aislados, se volverán contra Maduro. Pero claramente el tiempo no está a favor del ciudadano común. La mayoría de la población, que lucha por sobrevivir en medio del colapso económico, prefiere una solución pacífica.

Este informe busca identificar las líneas generales de un posible acuerdo entre el gobierno y la oposición, así como los obstáculos en el camino, posibles maneras de superarlos, y el riesgo de violencia si no se logra llegar a un acuerdo entre las partes. Está basado en numerosas entrevistas con líderes del gobierno y opositores, diplomáticos extranjeros y miembros de la sociedad civil venezolana.

Conclusiones principales

¿Qué hay de nuevo? Tras el fracaso del intento de la oposición de derrocar al presidente venezolano Nicolás Maduro en abril, un discreto esfuerzo diplomático por parte de Noruega ahora ofrece las mejores perspectivas para hallar una solución pacífica y negociada a la crisis política en el país y prevenir mayor violencia e inestabilidad.

¿Por qué importa? La economía de Venezuela está cayendo en picada, la infraestructura se está derrumbando, y millones de personas han huido. Si no se logra una solución negociada, el riesgo de violencia aumentará y amenazará con desbordarse a la región. Se ha abierto una pequeña ventana de oportunidad, pero podría cerrarse en cualquier momento.

¿Qué se debería hacer? Los más pragmáticos de ambos bandos deberían aprovechar esta fugaz oportunidad para buscar una solución de compromiso que incluya unas elecciones anticipadas, libres, justas y supervisadas por la comunidad internacional, así como garantías contra un resultado que arrase con alguna de las partes. Los aliados externos del gobierno y la oposición, junto con actores internacionales más neutrales, deberían respaldar estos esfuerzos y coordinar su apoyo a los mismos.

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