Oly Millán | El modelo económico venezolano centrado en la renta petrolera le permitió al país durante unas cuantas décadas tener ingresos similares a los que recibían los países del capitalismo desarrollado. Ese país de la renta petrolera cambio, Venezuela hoy en día está inmersa en una crisis profunda como resultado de un modelo económico agotado y de una gestión gubernamental ineficiente y corrupta a lo que se le suma la lucha visceral por el poder y, como un catalizador de la propia crisis, los efectos negativos que sobre la población están teniendo las sanciones impuestas desde el 2017 por parte del Departamento de Estado de los EEUU. 

En términos migratorios, Venezuela, desde inicios de la explotación petrolera y durante todo el siglo XX y comienzos del presente, se caracterizó por ser un país receptor de extranjeros.  Vinieron europeos, que llegaron como resultado de las guerras mundiales; los que vivieron cruentos regímenes dictatoriales en el Cono Sur (Argentina, Chile, Uruguay), y hasta aquellos que sufrieron situaciones de conflictividad política, social y militar como es el caso de Perú, Ecuador y especialmente Colombia.

Los venezolanos que emigraban lo hacían dentro de los parámetros de una planificación como parte de sus proyectos de vida, bien por razones de estudios, negocios, entre otros.  Por ello a la hora de viajar al extranjero, para los venezolanos, no existían mayores trabas salvo aquellas que por razones de política migratoria general define cada país.  

La migración como fenómeno social, por lo general, está vinculado a situaciones de crisis: bélica, política, económica, entre otras. En el caso venezolano, es obvio decir que la emigración es la manifestación de una crisis social compleja, que se hace más visible a partir del 2015. Esto como producto del escalamiento de la crisis política y económica. Un sector de los venezolanos, sobre todo de muy bajos recursos, comenzó a salir caminando por las fronteras rumbo a otros países de Latinoamérica, en la búsqueda de trabajo como única vía que les permitiera poder mantener económicamente a sus familiares, especialmente hijos y adultos mayores, dejados atrás.

Son muchas las historias desgarradoras que nos golpean el alma y la dignidad como seres humanos y también, por qué no decirlo, anécdotas cargadas de emotividad que caracterizan a lo que se denomina como los “caminantes venezolanos”.  En este sentido, la reciente noticia, que generó mucho malestar e indignación en las redes sociales, fue la expulsión masiva de 138 personas, lo que el gobierno de Chile denomina el “Plan Colchane”. Un plan cargado de represión militar, violador inclusive de los tratados internacionales que sobre migración ha firmado el Estado chileno. 

El gobierno de ese país, en vez de buscar una respuesta de coordinación regional humanitaria y de defensa de los derechos humanos, por el contrario actúa como lo que de facto es: un régimen que en el fondo desprecia a las personas pobres.  

¿Es xenofobia o aporofobia? 

La xenofobia es lo que se define como rechazo, miedo o aversión al extranjero, pero ¿por qué a algunos sí y a otros no? 

Cuando Venezuela era considerado un país con una importante riqueza, con un PIB a nivel de los países de la OCDE, era muy difícil encontrar trabas migratorias. Ahora vemos cómo los diversos gobiernos de Latinoamérica instrumentan políticas migratorias con un enfoque militarista,  especialmente hacia migrantes venezolanos pobres y sin perspectiva de derechos, inclusive violando los propios acuerdos que en esta materia han suscrito sus Estados a nivel internacional.

En el fondo de la política migratoria que de facto expresan esos gobiernos como el de Sebastián Piñera hacia los migrantes, es el profundo rechazo que le tienen al pobre, al que no tiene recursos, al que no puede o parece que no puede ofrecer nada. Este rechazo al pobre y que está dentro de lo que se pudiera tipificar como delitos de odio, se denomina aporofobia.  

La aporofobia como lo señala Adela Cortina en su libro, es todo un desafío para la construcción y consolidación de la libertad y la democracia, y es supremamente grave cuando es practicada por los gobiernos como política de estado, ya que: “La aporofobia late en ese desprecio a los peor situados y toma la forma de xenofobia, racismo, misoginia, homofobia o de aversión a creyentes de otras religiones o ideologías” (Cortina, 2017:103). 

Me pregunto: ¿cuánta responsabilidad tendrán estos gobiernos latinoamericanos en los hechos de violencia y muerte que envuelven a sus conciudadanos en contra de los inmigrantes venezolanos?… ¿Cuanta responsabilidad tiene la clase política venezolana, gobierno y oposición extrema, por no buscar una salida constitucional y democrática a esta terrible crisis que está empobreciendo con creces a las familias venezolanas? 

ACERCA DEL AUTOR:

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Oly Millán

Economista (UCV) y exministra del Ministerio para la Economía Popular (2006). Integrante de la Plataforma Ciudadana en Defensa de la CRBV y de la Plataforma Contra el Desfalco a la Nación.