Rafael Venegas |​ Su mascarilla es de una tela ajada que acumula polvo y sudor de largos días. Se le desliza constantemente desde su nariz pequeña y él, como al descuido, como un acto reflejo o una rutina inercial se la vuelve a acomodar. Se la ajusta con sus manos sucias pero limpias, limpias pero sucias y, en cualquier caso, estiradas: sucias como su franela, su pantalón corto, sus zapatos envejecidos y sin medias; sucias como su tapabocas. Limpias como sus nueve años de edad, como la pureza y la inocencia correspondientes a su infancia, como quien no ha elegido su suerte pero se le echa a la espalda con sereno temple. Estiradas, porque solicitan el pan para su mesa y hay que salirlo a buscar a la calle.

Antes de que se impusieran la cuarentena y el confinamiento y se hiciera obligatorio el uso del tapabocas, igual se paraba a la entrada de la panadería donde hoy lo he vuelto a encontrar, muchas veces solo pero las más, como ahora, acompañado por su hermano mayor, tal vez de unos once o doce años –cuando el hambre se enseñorea sobre la humanidad de un niño es difícil calcular su edad con base en la talla y el peso–. Pero es él quien lleva la iniciativa siempre, quien marca la pauta y toma decisiones apoyado en un carisma natural que le asigna una extraña capacidad de persuasión.

Se arrincona en su silencio para hablar con los ojos, a través de una mirada profunda, a mitad de camino entre el candor de una criatura que no pierde su alegre jugueteo y la adustez de un ser que acumula tempranos dolores y resentimiento amargo. No sé cuánta conciencia o comprensión tenga acerca del peligro que le acecha bajo la pesada atmósfera de la pandemia que, cada vez más, estrecha su cerco de ayuno forzado, padecimiento y muerte. Alguna comprensión habrá de tener porque cuando las carencias arrojan a un infante fuera de la protección del hogar, el proceso de su maduración rompe las líneas cronológicas para manifestarse a saltos cualitativos.

Ya casi no necesita construir frases para darse a entender. Basta su mirada fija, la insinuación de una sonrisa y las contorsiones del cuerpo denunciando su timidez y su tristeza, para que los parroquianos sepan de su urgencia. La misma urgencia de todos los días, igual o peor a la de muchos otros que, como él, empañan los cristales de las confiterías, como reza el verso del poeta Andrés Eloy Blanco. Todos lo conocen ya y hasta lo extrañan si un día no aparece y, aunque el hambre es la misma, la sensación es distinta y el resultado diferente cuando es solo su hermano quien ocupa los recodos de la panadería.

Tiene paciencia y confianza en su propósito. Sabe que unos serán generosos y otros indiferentes, unos estarán en condiciones de sumar su grano de sal y otros le harán la promesa de mañana. Yo soy uno más dentro de este conjunto de opciones, de acuerdo con mis propias circunstancias, pero me abstraigo para observar atento y compasivo, sabiendo que, al final, habrá provisiones para mitigar el crujir de su estómago y para compensar la angustia de quienes quedaron en casa aguardando su retorno.

La palabra misericordia se me troca en solidaridad y toma distancia de la lástima. Las primeras me suenan hermosas y tienen la levedad de los sentimientos nobles. La última, en cambio, pesa tanto como un cargo de conciencia. La rozo apenas por temor al contagio y acelero el paso, como si fuera otro virus del cual debo huir, camino a la indignación y al reclamo de justicia. Si no existieran los matices no existirían los sinónimos, dijo un poeta alguna vez.

Todos los días, más de la mitad de las trabajadoras y los trabajadores del País burlan las restricciones impuestas por esta suerte de Estado de sitio que ha suspendido todos los derechos y garantías ciudadanas, porque no hay ingresos fijos y es necesario asegurar el pan nuestro de cada día. Otra porción devenga salarios míseros por lo cual arriesga también un poco intentando el complemento. Hay una tercera franja de excluidos que nadie sabe cómo se las arregla para sobrevivir. Finalmente, está un segmento que cruza de forma transversal todos los grupos anteriores, conformado por una legión de niñas, niños y adolescentes que crece al ritmo en que se profundiza la crisis. Población vulnerable que expone su fragilidad mendigando el sustento propio y el de su grupo familiar.

La pobreza y el hambre se ponen tapabocas en intento inútil por ocultar su rostro tras la mirada inocente de un niño. /De pronto –como recitó Neruda en su Oda a la pobreza– eran tus ojos/ los que miraban desde los agujeros/… /Allí estaban/ acechándome/ tus dientes de carcoma/ tus ojos de pantano/ tu lengua gris/ que corta la ropa/ la madera/ los huesos y la sangre / Allí estabas/ buscándome/ siguiéndome/ desde mi nacimiento/ por las calles/. Y como propone el poema, es la hora de invertir los términos de la ecuación: seamos nosotros los perseguidores implacables de la pobreza, sin darle tregua ni cuartel, hasta extirparla de la faz de nuestro suelo. Para ello es urgente un cambio en la conducción y orientación del rumbo de la Nación y esto no será posible a través del fraude parlamentario convocado por el régimen para diciembre del presente año.

ACERCA DEL AUTOR:

Profesor universitario. Dirigente político. Secretario General de Vanguardia Popular.